‘Community’, la ácida y necesaria irregularidad

Hace unos meses hablamos del final de temporada de Community y tengo que decir que, pese a ser una gran temporada, no ha cambiado mucho nada: es una gran comedia pero muy irregular.

Ya comentábamos que los chicos de Greendale tienen dos tipos de capítulos: los raros y los extremadamente raros. Entre los primeros están los que desprenden ese aire Parker Lewis Can’t Lose, con momentos surreales, personajes estrambóticos y un argumento irrelevante. Entre los segundos está lo mejor de la serie, los capítulos especiales, pequeñas joyas que no vienen a cuento pero están bien cuajados.

Lo mejor de lo peor

Lo que rompe la tónica es que si digo que ésta está siendo una gran temporada es precisamente por los episodios más típicos, los ‘malos’. Los especiales siempre han rayado a gran nivel, con apuestas realmente raras y que gustarán más o menos pero siempre son interesantes de ver, pero los capítulos regulares de la última temporada habían sido muy muy flojitos. En esta tercera vemos que cada vez abundan más los capítulos extravagantes, pero también que los normalitos tienen dos virtudes: son más locos y son más ácidos.

Es de agradecer que los productores de Community, pese a la espada de Damócles que siempre han tenido encima con las audiencias, hayan decidido apostar más fuerte por sus virtudes, en vez de ‘normalizar’ una serie rara por si misma. La apuesta más simple hubiese sido convertir el producto en un estándar, en una comedia más, intentando salvar los muebles y perdiendo o decepcionando, por el camino, a los fans de verdad. Pues no ha sido así, la compañía morirá con las botas puestas o vivirá para la eternidad… aunque ha estado más cerca lo primero que lo segundo.

De esta apuesta salen capítulos ‘malos’ mucho más interesantes, como Foosball and Nocturnal Vigilantism, que no se acerca ni de lejos a las perlas de Community, pero que no deja tan frío como los no-capítulos de la segunda temporada.

Hay un futuro

Con esta vía tomada, con un punto más de acidez (en vez de poner todos los huevos en la cesta de las referencias audiovisuales de Abed) y con casi todos los personajes más bien situados (lástima que por el camino hayan ejecutado a Britta convirtiéndola en un papagayo insulso) el futuro de Community ahora se ve mejor. Bien, en realidad se ve igual de mal porque las audiencias siguen flojas, pero si la NBC decide mantener la apuesta es porque no van a dar un giro de 180 grados en el último momento, así que tenemos ESTA Community hasta el final, en vez de tener un producto típico con el nombre de Community.

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El Síndrome del Diógenes Televisivo

“- Hola, me llamo Arnau y tengo un problema.”

“- Lo primero es admitirlo.”

Ya sabéis que en TeleDiscreta no solemos hablar en primera persona… pero hoy será distinto. Y es que hay una enfermedad que día a día afecta a más gente entre el ejército seriéfilo, a mi el primero. Se trata de un síndrome que provoca la incapacidad total para abandonar cualquier serie, aunque represente una tortura mayor que aguantar media hora de Resines rapeando. Es el que desde ahora (y sacado totalmente de la manga) se llamará: El Síndrome del Diógenes Televisivo (SDT).

Me estoy quitando

Hace años teníamos La 1 y punto. No había mucho para escoger. Después llegó el segundo canal y en unos años el proceso se aceleró y llegaron multitud de propuestas que se tenían que ver en directo. Mucho donde elegir, pero sólo una opción posible. Cuando llegaron el vídeo y, ahora, las opciones en streaming (legales) y algunas menos legales, se nos abrió la posibilidad de ver aún más productos y, sobre todo, no tener que elegir entre los que se emiten a la misma hora.

¡Qué bien! Pensamos muchos. Pero resulta que un gran poder conlleva una gran responsabilidad… o almenos cierto criterio para saber dejar atrás ñordos del tamaño de Prison Break última temporada. Y algunos, debido al SDT, tenemos una incapacidad crónica para quitarnos de series innecesarias, como si de una jeringuilla se tratase.

Lo peor de lo peor, señor

Si en Men in Black se elegía “lo mejor de lo mejor, señor, con honores señor”, podemos decir que todo enfermo de SDT tiene su lista de “lo peor de lo peor”. Se trata de series que, una de dos, o empezaron bien y se convirtieron en lejía para los ojos, o simplemente prometían algo que nunca dieron.

En mi caso (que espero que complementéis con vuestras experiencias en los comentarios), esta lista la ocupan principalmente los primeros productos, series que empezaron muy bien como Heroes o Prison Break y que fui incapaz de dejar, no sé si con la esperanza que terminaran mejor o si simplemente por adicción. En ambas, el final simplemente certificó que se han tirado por el water cosas mejores que estas series.

Otras piezas de esta lista podrían ser Falling Skies, TerraNova o, aún peor, The Event, aunque en las dos primeras se mezcla mi SDT con los gustos de mi mujer. En (pocos) casos el SDT tiene un elemento positivo: series que tienen un bajón, pero mejoran. Un par de ejemplos serían la primera mitad de temporada de Fringe o el tono familiar que mejora al final de Doctor Mateo o Chuck.

Pero no son las únicas, ni mucho menos. Un día empezé a ver una serie española que prometía mucho, no era el dramón habitual, ni la comedia tonta, sino un thriller con elementos oscuros y algo sobrenatural… lo sobrenatural es que fuese capaz de aguantar hasta el final de… El Internado! Increíble.

Por cierto, para los más entendidos y críticos: ¿Lost entraría dentro de estas series que se ven por hábito, pero resultan una tortura? Lo digo porque yo me levanté de madrugada para verlo en directo…

Criterio, criterio, criterio

Para los enfermos de SDT, que veo que seréis muchos (o al menos lo espero, para no sentirme tan solo) os diré que hay un antídoto: No empezar a ver ninguna serie que no pinte muy, muy bien. Así de simple… y así de imposible.

Para los que no tenemos criterio a la hora de dejar series, debemos tener criterio a la hora de elegirlas, de elegir a gente que sepamos que merecen ser leídos o escuchados a la hora de decantarnos por empezar o no con una producción televisiva. De esta manera podemos fallar, pero fallaremos menos.

Bueno, otra opción es no dejar de ver nada, pero puede significar convertirse en un hikikomori-televisivo-homeless… o ser directamente “el gordo de Megaupload”, que creo que no es el caso.

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‘Spartacus’ vuelve a la arena

Hace ya un tiempo que tenemos pendiente hablar de Spartacus, una serie muy distinta al resto, que no pasará a la historia por su valor artístico, pero que cuando está bien puede hacerte pasar una buena horita delante del televisor (o en lo que sea que veas tu las series…).

Presentar esta mezcla de Roma y 300 es sencillo: luchadores estilo cruasán pegándose, pechos y otras partes pudientes al aire y algo de intriga palaciega. Ah, y sangre, mucha sangre.

Con estos mimbres parece que lo que tenga que salir sea un bodrio inaguantable más de 10 minutos, pero la verdad es que ya en su primera temporada la serie llegó a un equilibrio muy potable en que la sangre y la lucha predominaban, el sexo acompañaba y, por encima de todo, esa pequeña porción de intrigas y traiciones estaba sólidamente usada para ir enlazando los momentos de acción.

El desequilibrio

Este punto de proporción entre sus -tan básicos- componentes nos dejó una muy buena primera temporada, que no engañaba a nadie, pero tampoco ofendía al espectador. Bueno, excepto por el componente morboso, sangriento y altamente sexual, que viene en el adn y no debe discutirse ya que es la esencia de la serie. El problema fue que para la segunda temporada los productores tuvieron que sacarse de la manga una precuela debido a la enfermedad del protagonista, Andy Whitfield, que tristimente terminó con su muerte.

En esa segunda temporada la balanza se desequilibró. Esa fórmula que funcionaba no se repitió igual, cargando la serie con mayor perversión (sexual sobre todo) y en algunos momentos fallando estrepitosamente en la reencarnación de los personajes de más jóvenes.

Volvió Spartacus a la arena y todo cambió

Esta tercera temporada (o segunda según como se mire) tampoco planteó un buen inicio. Pequeños cambios de actores (que comentaré brevemente más adelante) y un entorno distinto, ya que el ludus y la arena del circo quedaban atrás, pero el intento de mantener la esencia. El problema fue que no es posible. Sin un entorno limitado y una ‘competición oficial’ en las luchas, los primeros capitulos fueron gladiadores machacando romanos… y para eso me quedo con Astérix.

Lo que pasó es que en el quinto volvió la arena y todo cambió. Con ese entorno volvieron las batallas épicas, con rivales entrenados en la lucha y con esas coreografias magníficas que daban entidad a los mamporros. Ver otra vez gladiadores conocidos saltar y rodar delante de un público enfervorizado nos recordó lo mejor de esa sorprendente primera temporada. Y es que lo mejor de la serie siguen siendo sus coreografías y sus salidas de tono con espíritu gore.

Los hilos que aguantan la tela

Ahora que hemos visto que la tela sigue valiendo toca repasar si los hilos la pueden mantener bien tensada e interesante. En la primera temporada estos hilos, las intrigas y traiciones romanas, fueron la sorpresa más destacable y lo que elevó la serie a otro nivel. En la segunda temporada tardaron bastante en valer la pena y dieron más juego en los teóricos secundarios que en los protagonistas, un mal también algo presente en la primera etapa. Ahora que retomamos el argumento inicial cuesta ver si los giros de argumento tendrán tanto sentido como en los primeros capítulos.

Por el momento hemos sustituido la familia Batiatus por los Glaber y están dando un juego muy similar, los personajes empiezan a cubrir claramente los mismos roles que los antiguos secundarios y hasta el entorno se ha mantenido. Si somos optimistas todo puede ir solidificando y tensando aún más la tela, pero siendo pesimistas cuesta ver como se puede mantener el vínculo entre Glaber y los fugitivos, que, por cierto, no sabemos ni donde están ni como tardan tres días para pasar de un sitio a otro y una tarde para volver atrás.

Personalmente prefiero ver el vaso medio lleno, con unos productores que saben que funciona y que quizás se repiten como el ajo… pero yo es que soy fan del all-i-oli y Spartacus es así, repetitivo, fuerte, algo vulgar, pero a veces delicioso.

Por cierto, he prometido hablar del nuevo protagonista: no es Whitfield y no lo va a ser. Parece muy simplona la afirmación, pero no es gratuita. Tardó tiempo en convencernos el australiano que podía hacer algo más que mirar con ojos de pena y pegar con músculos de acero. En el caso de Liam McIntyre parece que ha empezado algo mejor en lo que a expresividad se refiere, pero tengo la sensación que le falta alma, ese punto torturado que clavaba Whitfield. Pese a eso me parece una sustitución más que correcta y deberíamos acostumbrarnos todos porque la realidad no va a cambiar.

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‘Smash’, el musical perfecto

Vaya por delante que el musical es un género especial, muy distinto al resto y que genera una gran fractura entre sus ‘amantes’ y sus ‘detractores’. Personalmente debo decir que soy un fan incondicional de la música en series y, por tanto, fan de los musicales… si están bien hechos.

Sí, todos sabéis porque lo digo. Hasta ahora el único musical que nos viene en mente es Glee que no es un musical serio de verdad y, lo peor, que no trata ni trabaja bien el aspecto musical. Partiendo de esta base, la de un producto que se inició con las miras más puestas en El Imperdible Parker Lewis que no en Chicago (para poner un ejemplo), debo decir que Smash no tiene nada que ver.

Seriedad y efectividad

Si algo tienen todos los musicales es que son efectivos: saben hacer llorar y emocionar con facilidad, puesto que la música (ese resorte emocional tan simple de accionar) siempre ‘viene a cuento’. Toda serie puede emocionarnos con un buen momento musical, ya sea en un drama como Sons of Anarchy o en un procedimental como House, para poner ejemplos de series con una banda sonora muy cuidada. Así que esta virtud ya se le supone. La diferencia principal está en los musicales que son algo más y los que sólo son canciones y emociones.

En el caso de Smash tiene algo más, es una serie de verdad. Sólo hacía falta ver el piloto para comprender que las mentes pensantes detrás de este producto de la NBC no tenían bastante con hacer ‘una serie con música’, sino que sabían que si iban más allá tendrían la ‘bomba’ que necesitaba la cadena.

El planteamiento inicial es sencillo: la elaboración de un nuevo musical de Broadway basado en Marilyn Monroe desde el punto de vista de distintos miembros, principalmente la(s) actriz(ces) principal(es) y los creadores. La virtud de este planteamiento es que dentro de su simplicidad abre muchas vías a explotar, así como muchos personajes a explorar (aunque algo arquetípicos, claro).

A partir de aquí ya hemos establecido el marco y la excusa para ir metiendo canciones. Sencillo pero bien justificado y, sobre todo, con posibilidades para ir profundizando a medida que se crea necesario. Esas son las virtudes de una serie que está predestinada a ser grande.

Realismo musical

Si de algo adolece Glee (con la que todos estamos emperrados en compararla) es de su poca fidelidad al mundo musical. Esos cantantes que se pasan toda la canción saltando, girando y hasta en cuclillas, estos músicos que aparecen de la nada, estas ropas que se cambian en segundos, ese cantante que toca la batería y de pronto aparece en el otro lado del escenario… los ejemplos son mil.

En Smash todo esto está más cuidado. No estamos hablando de ‘momentos musicales’ en los que todo el mundo se pone a cantar y a bailar en medio de la calle, sino de números musicales. Si que en más de una ocasión se convierten en pequeñas ensoñaciones, pero sólo como recurso para entender lo que será en un futuro esa obra de teatro o los sentimientos de los personajes. En ningún caso faltan al realismo musical.

Sin malos… por ahora

Si algo se puede echar en falta, por ahora, en la serie es algo más de confrontación, cosa que sorprende viendo que tiene dos protagonistas que luchan por el mismo papel. De momento todos tenemos claros cuál es ‘la buena’, pero ‘la otra’ no llega a ser ‘la mala’, puesto que no llega a caer mal.

El resto de equipo que vemos en pantalla está a un nivel altísimo, tanto en los momentos más dramáticos como en los apuntes cómicos (a veces pareces medio oler algo de Cuatro bodas y un funeral). Me cuesta destacar a alguien del equipo, ya sea por encima o por debajo de la media. Sólo rechina el hijo biológico de Debra Messing, pero es un papel muy menor. Quizás echo en falta algún momento de lucimiento para Angelica Houston, pero entiendo que por ahora aún no toca.

Para mi, un must see de esta temporada, el estreno más redondo dentro de los generalistas. Gustará seguro a los amantes de los musicales, pero por su fidelidad a la música y, también, su realismo, puede llegar a los que no son fans.

Apuesta de futuro

No es habitual en TeleDiscreta, pero me lo estoy haciendo encima: voy a deciros como creo que acabará la ‘batalla por ser protagonista’ (así que los más precavidos, dejad de leer y pasad directamente a comentar). Viendo que no hay mala y buena y que no van a ‘matar’ a ninguna de las dos porque dan ambas la talla, veo clarísimo que al final en el musical la figura de Marilyn se va a doblar: por un lado el papel de la chica tímida que llega a la ciudad queriendo ser alguien, una tierna Norma Jean encarnada por la morena, y por el otro la diva rota por dentro que quiere parecer lo que nunca ha sido, una voluptuosa y postiza Marilyn encarnada por la rubia. Para mi sería la apuesta segura y interesante a la vez.

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Finales y el vacío que nos dejan… algunos

Cuando hace unos días hablamos en TeleDiscreta del final definitivo de Chuck prometí comentar otras series que nos dejaron con un vacío interior. Lo tenía pendiente desde que analizamos los dos tipos de finales: cerrados y abiertos, comparando (irónicamente casi) los cierres de El Internado y de Lost.

Primero decir, usando las repetitivas palabras de Ansón, que son todos los que están, pero no están todos los que son. Así que todo lo que echéis en falta apuntadlo en los comentarios, que seguro que se me han pasado muchas series por alto.

También aclarar que hoy no hablaremos de grandes series que terminaron bien o mal, sino de las que nos dejaron huérfanos de algo. Esto puede venir por distintos factores: porque no encontramos sustituto, por vinculación sentimental, por adicción. Y seguro que por muchas razones más. Lo importante es que todo son visiones personales, así que no hay fórmula matemática.

 Dragon Ball

Aquí tenemos un factor claramente sentimental. A muchos jóvenes de los 80, TV3 nos educó con las aventuras de ese crío luchador, algo tontorrón y muy valiente, así como con el resto de personajes que pasaban por ahí, ya fuese por unas pocas temporadas (Ulong, Chaos, Tao Pai Pai) o para quedarse (Bulma, Vegeta…).

El final: En este caso fue un final de los de ‘ya toca’, puesto que terminó con el esperpento de Dragon Ball GT, una especie de reinicio demasiado evidente y que pretendía conectar con una generación que ya no estaba para dibujitos y menos si eran tan infantiles. El momento de la despedida, con Goku elevándose entre las bolas de dragón es de los de lagrimilla. Un mito.

 Friends

Otra que echamos de menos durante mucho tiempo por razones sentimentales, pero no sólo por ellas. Después de tantas temporadas conocíamos a los Ross, Mónica, Joey y compañía tan bien que eran ya parte de nuestra família, así que cuando se fueron para no volver nos dejaron algo huérfanos. Aquí hay que añadir que no tenían sustituto claro. Es verdad que se ha intentado una y mil veces (por favor, que nadie mencione la infame Joey), pero hasta que no llegó y se rodó un tiempo Cómo conocí a vuestra madre no tuvimos un más o menos digno sucesor de esta mezcla entre comedia y drama de parejas y amigos tan bien conseguida.

El final: No creo que le llegara cuando tocaba ya que no llegaron a bajar el nivel de los guiones, factor que a los fans nos daba para pedir que nunca acabasen. Lo que es evidente es que tenían muy claro que después de tanto tiempo hacía falta un final al nivel y, además, podía ser bien bonito y cerradito que nadie les criticaría. También final de lagrimilla y bien a gusto que nos venía llorar un poco por la troupe del Central Perk.

 Chuck

Un ejemplo más de lo mismo: comedia con toques sentimentales y que se hace cercana gracias a su prolongación en el tiempo (en este caso menos temporadas). Si bien la serie en si no era una maravilla, el diseño de los personajes ayudaba a generar vínculos emocionales con ellos.

El final: Quizás llegó cuando tocaba, aunque la última temporada estuvo por encima de la media. A lo mejor precisamente porque el final estaba definido. Cerró como debía, no muy realista con los secundarios, pero sí con mucho cariño. Dejó un vacío debido a que no tiene sustituta perfecta y a un final semi-abierto muy melodramático, pese a ser positivo.

Entourage

En este caso hablamos de una serie sin sustituto, pero que nos dejó menos vacíos. Si bien empatizamos mucho con el séquito del señor Vincent Chase, con el tiempo este vínculo fue perdiendo algo de comba. Si le unimos un tramo final, sobre todo un último capítulo, muy flojo y lejano al tono y estilo habitual, tenemos una serie que nos dejó menos huérfanos de lo que podía o debía.

El final: Flojo. Tanto el último capítulo como el epílogo pre-película, todo dejó mucho que desear. Si en el caso de Chuck o Friends les permitíamos un exceso de dulzura, a Entourage no.

Imagen de Studio 60

Studio 60

Ejemplo paradigmático de generar empatías en nada y menos. Si muchas series necesitan de temporadas y temporadas para que nos acerquemos a los personajes, Studio 60 lo consiguió en media. La mezcla perfecta entre personajes y tramas, junto con este espíritu medio metatelevisivo engancha rápidamente… aunque no en su momento.

El final: Raro. Deja la sensación que había para mucho más. Esto es lo que genera vacío, el hecho de saber que no has visto ni la mitad de lo que hay para ver.

Y esto es todo. Como decía, seguro que hay muchas más y cada uno de vosotros tiene sus gustos y sus preferencias. Para eso están los comentarios a los que espero que acudáis.

Y no, no me he olvidado de Lost, pero, sinceramente, no la echo en falta. Soy de los que se levantó para verla en directo a las tantas de la madrugada, y me dejó un enorme vacío interior… media horita. Pronto vi que era una serie a la que acudía por militancia, más que por adicción. También he dejado fuera series que terminaron bajando enormemente como Heroes o Prison Break y que su eutanasia fue una tranquilidad.

Vosotros que series echáis más en falta?

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‘The Finder’, el spin-off de la serie equivocada

Ya hablamos del, entonces aún teórico, spin-off de Bones. El hecho es que poner a The Finder esta vitola puede llevar a error. La nueva serie de FOX no es el típico producto paralelo, calco de la serie madre, con un personaje ‘emancipado’. Podríamos más bien decir que se trata de una excusa para aprovechar el rebufo del producto original para levantar otro éxito con más facilidad.

Partiendo de esta base encontramos el primer acierto: Bones no puede prescindir de personajes clave e intentar recrear el mismo esquema con sucedáneos sería un fracaso. Cuando oímos hablar de un spin-off todos vimos el modelo CSI y sabíamos que no podía funcionar. El equilibrio al que ha llegado la serie protagonizada por David Boreanaz y Emily Deschannel es irrepetible, y más si queremos crearlo de un día para el otro.

The Finder, un Mentalista más humano

Si tengo que encontrar una serie similar a The Finder, seguramente me decantaría más por The Mentalist, un producto con un único protagonista fuerte y muy superior intelectualmente al resto, pero algo desconectado socialmente a causa precisamente de esta superioridad. La principal diferencia reside en que así como Patrick Jane se basa en la mente de las personas, hecho que le lleva a manipularlas hasta límites que en otro entorno serían de dudosa ética, Walter Sherman es más un hombre de dioramas y objetos, así que no necesita tanto la manipulación.

El tan manido trauma

Si algo me ha sobrado en los primeros episodios de esta serie ha sido la necesidad de un trauma por personaje. Entiendo que puede generar un cierto interés más allá del caso de cada capítulo, pero me sobran tantas crisis existenciales: la del protagonista, la de su compañero-amigo-abogado, la de ‘la chica perdida que pasaba por allí’,… Entiendo su función, pero creo que en otras series (como la serie origen) han sabido darse más tiempo para irlos aflorando.

A parte de esto tenemos los casos episódicos típicos de cualquier procedimental policíaco. En esta ocasión se trata de encontrar algo que siempre llevará a un caso criminal o similares, con algunos personajes divertidos, otros más sosos, pero principalmente, tópicos. Ahí reside el problema de la mayor parte de procedimentales en la actualidad: lo hemos visto todo. Las únicas herramientas que pueden utilizar los guionistas para sorprendernos son conflictos macrofilosofales (al estilo House) o entornos y personajes muy muy raros (al estilo Bones). El resto son fuegos artificiales que no atraen suficiente.

¿Y The Finder la acierta? Pues por ahora es difícil de decir. En algunos casos el objeto genera interés y los personajes no tanto, en otros es al revés… démosle tiempo, y más aún si tenemos en cuenta que tiene detrás parte del equipo de Bones, un procedimental ultraclásico pero que sabe ir generando interés con elementos paralelos al puro crimen.

De momento, como podéis ver, soy optimista con The Finder. El simple hecho que venga de las mentes de Bones es positivo, pero si además se le suma un elenco más que correcto, un entorno atractivo y muy maleable y cierta gracia del protagonista, los habituales del género pueden, podemos, darle una oportunidad.

Eso sí, que nadie se espere una maravilla que pase a la historia, es sólo un divertimento más, pero bien hecho.

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Hasta siempre, ‘Chuck’

Tengo claro que nunca va a ser una “serie para la historia”, pero Chuck cumplió a la perfección ese rol entre guilty pleasue y remember que le otorgamos muchos. Ahora que se ha ido definitivamente toca ubicarla en su lugar adecuado, después de ser una de las primeras series comentadas en TeleDiscreta (aquí y después aquí). I a eso vamos.

Cuando llegó Chuck algunos vimos una serie infantiloide, que desaprovechaba una premisa muy interesante de ciencia ficción. Durante sus primeros compases nos motivaba el tono freak a la vez que el fondo conspiranoico, nos reíamos con algunos ramalazos humorísticos, pero le pedíamos más seriedad en los argumentos, más credibilidad.

Con el tiempo empezamos a ver que nos equivocábamos de serie, las aventuras y desventuras de los Bartowski nunca pretendieron tener ni un ápice de realismo, sólo pretendían divertirnos y emocionarnos. Nunca buscaron la cabeza, sino los sentimientos, ya fuesen para reír o para llorar. Entonces es cuando disfrutamos de Chuck.

Bache temporal

Las audiencias nunca acompañaron esta serie desubicada en su tiempo. En los 80 hubiese tenido mejor acogida, está claro. Pese a eso se vistió de superviviente y aguantó los bajos datos en parte por su buena acogida entre los que supimos ver lo que era y en parte por la pésima acogida del resto de productos de su NBC. El problema precisamente vino cuando intentó ser lo que no era: una serie bien ligada.

Está claro que todos queríamos saber las historias de los familiares desaparecidos de todos, pero también sabíamos que no venían a cuento, que sobrarían y que quedarían mal hilvanadas. Cuando los productores intentaron hacerla más ‘seria’, Chuck fracasó. Ese es el único bache real, ya que las audiencias son caprichosas, postizas. Sino que se lo digan a la difunta y resucitada Padre de Familia.

Un final para enmarcar

La virtud final de la NBC, después de aguantar la serie para sorpresa de todos, fue darle una fecha de cierre oficial y notoria. Con este deadline en mente todo el mundo remó al unísono para darnos lo mejor en estos últimos 13 episodios. Esta quinta temporada ha sido quizás la mejor de todas, ya que no había presión: sabían que eran y lo dejarían claro hasta el final. Y no me refiero al argumento, sino al tono, a los chistes freaks (ese momento con Morgan y Casey hablando de Star Wars y Indiana Jones…), al drama más azucarado y al humor más slapstick. Eso era Chuck y eso fue hasta el final.

Argumentalmente puedo decir sin caer en el spoiler, que acabó casi tal y como todos lo habíamos imaginado: bien. La historia entre los protagonistas creo que acabó más que bonita, como dando un doble tirabuzón al aire para hacerlo doblemente bonito. Lo que me sorprendió personalmente fueron lo bien que se portaron los guionistas con todos los secundarios, que casi paródicamente acaban con su momento más dulce. Me sonó mucho a homenaje. A muestra de cariño. Hasta la aparición de la salvadora Subway, que fue quien ayudó a mantener la serie en los malos momentos con su patrocinio.

Y es que si algo ha caracterizado a la serie ha sido su blancura, su buenismo. Todo el mundo tenía un lado tierno y en pocos casos sonaba mal. Esta era la virtud de Chuck, dejarnos siempre con buenas sensaciones.

Drama tierno, pero drama

Estas buenas emociones se evaporaron en la recta final de la última temporada. Intentando reivindicar esa dificultad que entraña la felicidad, Chuck hizo lo que nunca había hecho: complicarse de verdad. Siempre vimos a los habitantes del círculo Bartowski pasarlo mal, tener miedo por su vida, pero todo acababa bien. Esta vez no. Sabíamos que un final dulce del todo sería demasiado para una serie dulce de por si, así que se aprovechó de todo el cariño y amor que sentíamos por los personajes para darnos un golpe en el estómago que, aunque sabíamos que no sería definitivo, si que nos dolió, viendo que su efecto sería permanente. Y lo hizo muy bien.

Un final así debería servir como ejemplo para otras cadenas como FOX, que tiene series que quizás deban terminar por las bajas audiencias, pero que piden un cierre en condiciones, como Fringe.

Muchas cosas quedan en el tintero y la mayor parte se olvidarán pronto, pero ese niño algo freak que todos llevamos dentro y que busca la aventura siempre recordará la simplicidad y el buen humor de Chuck.

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