‘Spartacus’ vuelve a la arena

Hace ya un tiempo que tenemos pendiente hablar de Spartacus, una serie muy distinta al resto, que no pasará a la historia por su valor artístico, pero que cuando está bien puede hacerte pasar una buena horita delante del televisor (o en lo que sea que veas tu las series…).

Presentar esta mezcla de Roma y 300 es sencillo: luchadores estilo cruasán pegándose, pechos y otras partes pudientes al aire y algo de intriga palaciega. Ah, y sangre, mucha sangre.

Con estos mimbres parece que lo que tenga que salir sea un bodrio inaguantable más de 10 minutos, pero la verdad es que ya en su primera temporada la serie llegó a un equilibrio muy potable en que la sangre y la lucha predominaban, el sexo acompañaba y, por encima de todo, esa pequeña porción de intrigas y traiciones estaba sólidamente usada para ir enlazando los momentos de acción.

El desequilibrio

Este punto de proporción entre sus -tan básicos- componentes nos dejó una muy buena primera temporada, que no engañaba a nadie, pero tampoco ofendía al espectador. Bueno, excepto por el componente morboso, sangriento y altamente sexual, que viene en el adn y no debe discutirse ya que es la esencia de la serie. El problema fue que para la segunda temporada los productores tuvieron que sacarse de la manga una precuela debido a la enfermedad del protagonista, Andy Whitfield, que tristimente terminó con su muerte.

En esa segunda temporada la balanza se desequilibró. Esa fórmula que funcionaba no se repitió igual, cargando la serie con mayor perversión (sexual sobre todo) y en algunos momentos fallando estrepitosamente en la reencarnación de los personajes de más jóvenes.

Volvió Spartacus a la arena y todo cambió

Esta tercera temporada (o segunda según como se mire) tampoco planteó un buen inicio. Pequeños cambios de actores (que comentaré brevemente más adelante) y un entorno distinto, ya que el ludus y la arena del circo quedaban atrás, pero el intento de mantener la esencia. El problema fue que no es posible. Sin un entorno limitado y una ‘competición oficial’ en las luchas, los primeros capitulos fueron gladiadores machacando romanos… y para eso me quedo con Astérix.

Lo que pasó es que en el quinto volvió la arena y todo cambió. Con ese entorno volvieron las batallas épicas, con rivales entrenados en la lucha y con esas coreografias magníficas que daban entidad a los mamporros. Ver otra vez gladiadores conocidos saltar y rodar delante de un público enfervorizado nos recordó lo mejor de esa sorprendente primera temporada. Y es que lo mejor de la serie siguen siendo sus coreografías y sus salidas de tono con espíritu gore.

Los hilos que aguantan la tela

Ahora que hemos visto que la tela sigue valiendo toca repasar si los hilos la pueden mantener bien tensada e interesante. En la primera temporada estos hilos, las intrigas y traiciones romanas, fueron la sorpresa más destacable y lo que elevó la serie a otro nivel. En la segunda temporada tardaron bastante en valer la pena y dieron más juego en los teóricos secundarios que en los protagonistas, un mal también algo presente en la primera etapa. Ahora que retomamos el argumento inicial cuesta ver si los giros de argumento tendrán tanto sentido como en los primeros capítulos.

Por el momento hemos sustituido la familia Batiatus por los Glaber y están dando un juego muy similar, los personajes empiezan a cubrir claramente los mismos roles que los antiguos secundarios y hasta el entorno se ha mantenido. Si somos optimistas todo puede ir solidificando y tensando aún más la tela, pero siendo pesimistas cuesta ver como se puede mantener el vínculo entre Glaber y los fugitivos, que, por cierto, no sabemos ni donde están ni como tardan tres días para pasar de un sitio a otro y una tarde para volver atrás.

Personalmente prefiero ver el vaso medio lleno, con unos productores que saben que funciona y que quizás se repiten como el ajo… pero yo es que soy fan del all-i-oli y Spartacus es así, repetitivo, fuerte, algo vulgar, pero a veces delicioso.

Por cierto, he prometido hablar del nuevo protagonista: no es Whitfield y no lo va a ser. Parece muy simplona la afirmación, pero no es gratuita. Tardó tiempo en convencernos el australiano que podía hacer algo más que mirar con ojos de pena y pegar con músculos de acero. En el caso de Liam McIntyre parece que ha empezado algo mejor en lo que a expresividad se refiere, pero tengo la sensación que le falta alma, ese punto torturado que clavaba Whitfield. Pese a eso me parece una sustitución más que correcta y deberíamos acostumbrarnos todos porque la realidad no va a cambiar.

Acerca de arnaudominguez

Periodista desde los 18, he tenido la oportunidad, en muchas etapas de mi trayectoria profesional, de unir placer y trabajo ejerciendo de crítico televisivo. Profesionalmente he pasado por prensa, radio, televisión e Internet y por distintas empresas de cierta envergadura como técnico en comunicación corporativa. Actualmente compagino varios blogs con mi trabajo en el Departamento de Prensa de Endesa y mis colaboraciones con el programa La Caixa Tonta. En la variedad está el gusto, dicen.
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