‘Fringe’, lista para la quinta y última temporada

imagen de Fringe

Ya sabéis los habituales de TeleDiscreta que no solemos comentar las noticias que copan la actualidad televisiva (no tenemos infraestructura para ello), pero Fringe (a la que en su valoración general podría por encima de Lost) se lo merece.

Más de una vez hemos comentado que el problema no es acabar una serie tarde o temprano, sino sobre todo acabarla sin saberlo con tiempo. Ya fue un acierto saber que Dexter tiene final establecido y ahora nos llega la noticia que Fringe renueva por una quinta y última temporada.

La verdad es que esta temporada está siendo más floja de lo habitual en la serie, que hasta ahora había podido aguantar la crisis de audiencia sin remodelarse (exceptuando algún descenso de presupuesto). En esta cuarta hemos visto un Fringe dubitativo, que ha intentado cargar más con los casos episódicos, intentando dar una oportunidad a los nuevos espectadores, pero sin perder su trasfondo global. La apuesta resultó un error ya que lo más valorado de la serie de FOX ha sido su capacidad de mantener el equilibrio entre argumentos episódicos y mitología transversal.

No me pararé a valorar los distintos movimientos en la trama, ni los multiversos, ni los saltos temporales, ni tantas otras cosas que, ya puestos, podemos esperar a evaluar el año que viene, con todo cerrado. Me limitaré a poner de manifiesto que una serie que FOX ha respetado por encima de las audiencias merecía aguantar el respeto hasta el final, dándole la oportunidad de terminar cara a cara con la audiencia, por activa y a calzón quitado, y demostrar si merece ese lugar que algunos le damos en el Olimpo de las series.

Eso sí, que nadie lo dude, ahora la presión es máxima para los responsables de la serie que no tienen excusas ni escudos. Tienen 13 episodios más garantizados, no habrá elementos externos. Ahora depende de su pluma si Fringe será lo que creemos que puede ser.

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Buenafuente se abre… pero no cambia

Vaya por adelantado que he sido seguidor de Andreu Buenafuente desde que empezó en TV3 con esos magníficos programas de humor con títulos tan imposibles de olvidar como Sense Títol o La Cosa Nostra. Lo digo porque toda valoración que intente hacer estará condicionada por este bagaje que algún papel jugará. Lo que no sé es si será en positivo o en negativo.

Cuando nos enteramos que el retorno de Buenafuente sería en Antena 3 y con un programa en prime time muchos lo celebramos. Si por un lado sabemos que el showman español por antonomasia tiene un tipo de humor algo menos estridente que los principales programas de la actualidad, también somos conscientes que no se trata de ese ‘humor inteligente’ que suena tan manido y en realidad es tan escaso. Así que no podemos esperar grandes audiencias, pero tampoco es un producto minoritario. Antena 3 no juega a ganar, pero tampoco se cierra a dar la cara.

En el primer programa se notó demasiado esta ambivalencia. Si por un lado mantienen las señas de identidad intactas -y aún válidas- con el impecable monólogo y los personajes entre surreales y casposos, por otro lado parece que todo deba ser algo más espectacular o llamativo. No sé si soy el único, pero eso de medio vestir a los invitados y hacerles ‘pruebas’ algo denigrantes me suena demasiado al estilo Hormiguero.

Lo pudimos ver con los invitados, algunos ‘amiguetes’ típicos de Buenafuente (Arguiñano, Adriá, Javivi…) y otros que ‘toca’ por popularidad o por grupo empresarial (Eva Hache, Florentino Fernández…).

Que no se me malinterprete. En ningún momento digo que el equipo del Terrat haya traicionado su estilo ni adoptado otros modelos, pero sí que me pareció que el equilibrio previo se había remodelado para darle un tono más ‘popular’.

Aquí debo destacarel papel de Jose Corbacho, que algunos nos recordó mucho a sus inicios haciendo de Sebas en la tele catalana. Siendo el de siempre es lo más exagerado, loco y espectacularmente cutre del Terrat, así que da perfecto en el modelo ‘lo mismo de siempre, pero algo más vistoso’.

Pero, ¿funcionó?

Ésta y no otra era la gran pregunta. Buenafuente modifica los porcentajes sin variar los componentes, pero ¿el resultado sigue siendo bueno? En general creo que sí. He de decir que me pareció ver momentos de falta de ritmo en el propio Buenafuente (qué bien acostumbrados que nos tiene que notamos un par de semi-fallos en hora y media de programa…) y que salieron algunos personajes que sobraban totalmente y que no tenían ni pizca de gracia (unos Arancha Sánchez-Vicario o Froilán de vergüenza ajena), pero en conjunto, y para ser un primer programa, el resultado apunta maneras. Veremos si las ideas fluyen más en otras ediciones y si saben encontrar y promocionar lo que les funciona mejor (esos gags más elaborados como La Casa de Bernarda Alba con humoristas poniéndose cómicamente en serio).

Ahora falta ver cómo responde el otro equilibrio, el de las audiencias, ya que los domingos son un día de sana y muy correcta competencia (ya lo sabéis los lectores habituales de TeleDiscreta que lo habéis leído aquí y aquí). Alguién tiene que dejar de ver cosas más que convincentes como la perpetua Aída (que resiste pese a baches y bajones) y el fortísimo Salvados de Jordi Évole. No sé si será así, pero me huelo que Antena 3 tendrá más paciencia de la habitual con alguien a quien conocen bien y a quien, seguro, compraron sabiendo qué sería y como funcionaría.

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‘The Walking Dead’ parece que deja de ser The Talking Dead

Conseguí aguantarme y no publicar post antes del final de temporada… y fue un acierto. Durante la primera mitad de este segundo año muchos hemos sido los que nos hemos aburrido enormemente con las tertulias innecesarias de unos personajes que no sé si nos dejaron de interesar o directamente pasamos a odiar. Y es que lo que antes era “esa interesante The Walking Dead” pasó a ser “ese tostón de The Talking Dead”.

En primer lugar tengo que decir que el problema de la serie de zombies no ha sido ni hablar demasiado ni tampoco ocultar a los bichos, sino hacerlo sin necesidad y sin ritmo. Las lentas conversaciones no son malas ni buenas, lo que las convierte en malas es su contenido inexistente y demasiado forzado. Cualquier producto sobre muertos vivientes que se precie tiene que abrir ese debate sobre religión y sobre el ser humano, pero no hace falta que lo haga explícitamente. No me creo que alguien acosado por estos monstruos se pare a hablar abiertamente de Dios con un pastor en una puesta de sol. Demasiado forzado.

Esto ha ido en detrimento del ritmo de la serie, que se ha ralentizado y ha sufrido de extraños baches incomprensibles que aún han acentuado más nuestro malestar, ya que nos recordaban el potenciar que tenía.

El cambio

Todo esto pasaba hasta el retorno después del parón que coincide con Glen Mazzara tomando sólidamente las riendas de la serie antes regida por el látigo de Frank Darabont. Y que conste que digo coincide, pues creo que achacar la mejora al cambio de showrunner es algo osado, puesto que desde fuera no lo sabemos con exactitud.

La verdad es que no teníamos esperanza que el ADN de la serie voliviese a ser el mismo. Sabíamos que eran posibles momentos brutales como el cliffhanger antes del parón, pero lo que hemos visto ha sido más que eso. Ya desde el capítulo Nebraska, con esos momentos en el bar, nos pareció que la serie ganaba músculo y se ha confirmado.

Ese final en alto de temporada, con muchas cosas pasando en paralelo y todas con sentido, ha sido más que una escena, ha sido un tono completo de más de un episodio. Veíamos lo que pasaría (excepto en alguna sorprendente muerte, todos sabéis cual), pero lo importante fue que pasó a lo grande. Y eso es The Walking Dead.

Personajes, el eslabón débil

La serie de la AMC nunca ha destacado por la solidez de sus personajes. Hemos tenido interesantes secundarios (alguno de ellos ya devorado por zombies), pero el núcleo central ha sido extremadamente flojo. Ese protagonista a medio hervir, su mujer que molesta tanto como lo hizo en Prison Break, un niño a medio camino con un osito amoroso y un terrón de azúcar… Sólo salvábamos la oscuridad interior de Shane.

Esa oscuridad es la que nos mantenía atentos, ya que sabíamos que se extendería al resto, como así ha sido, aunque sea aún pronto. Y es que en una situación apocalíptica cuesta creer que la gente sea tan blanda, con tan poco nervio. Durante esta segunda temporada han aparecido trozos de carne para zombie que pretendían ser secundarios y no llegaban ni a figurantes con frase. Es verdad que hacía falta más humano para alimentar a los muertos vivientes, pero ya puestos les podían dotar de algo de interés.

Aún así, el optimismo no debe perderse nunca y el último episodio dejó una muy buena base para mejorar la complejidad de los personajes. Andrea, Rick, Carol, Hershel aún pueden darnos mucho y los han dejado en pleno cambio de personalidad, cosa que nos deja aún con más ganas que llegue el otoño y podamos retomar una serie que, después de un gran bache, pinta que va a mejor.

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‘Community’, la ácida y necesaria irregularidad

Hace unos meses hablamos del final de temporada de Community y tengo que decir que, pese a ser una gran temporada, no ha cambiado mucho nada: es una gran comedia pero muy irregular.

Ya comentábamos que los chicos de Greendale tienen dos tipos de capítulos: los raros y los extremadamente raros. Entre los primeros están los que desprenden ese aire Parker Lewis Can’t Lose, con momentos surreales, personajes estrambóticos y un argumento irrelevante. Entre los segundos está lo mejor de la serie, los capítulos especiales, pequeñas joyas que no vienen a cuento pero están bien cuajados.

Lo mejor de lo peor

Lo que rompe la tónica es que si digo que ésta está siendo una gran temporada es precisamente por los episodios más típicos, los ‘malos’. Los especiales siempre han rayado a gran nivel, con apuestas realmente raras y que gustarán más o menos pero siempre son interesantes de ver, pero los capítulos regulares de la última temporada habían sido muy muy flojitos. En esta tercera vemos que cada vez abundan más los capítulos extravagantes, pero también que los normalitos tienen dos virtudes: son más locos y son más ácidos.

Es de agradecer que los productores de Community, pese a la espada de Damócles que siempre han tenido encima con las audiencias, hayan decidido apostar más fuerte por sus virtudes, en vez de ‘normalizar’ una serie rara por si misma. La apuesta más simple hubiese sido convertir el producto en un estándar, en una comedia más, intentando salvar los muebles y perdiendo o decepcionando, por el camino, a los fans de verdad. Pues no ha sido así, la compañía morirá con las botas puestas o vivirá para la eternidad… aunque ha estado más cerca lo primero que lo segundo.

De esta apuesta salen capítulos ’malos’ mucho más interesantes, como Foosball and Nocturnal Vigilantism, que no se acerca ni de lejos a las perlas de Community, pero que no deja tan frío como los no-capítulos de la segunda temporada.

Hay un futuro

Con esta vía tomada, con un punto más de acidez (en vez de poner todos los huevos en la cesta de las referencias audiovisuales de Abed) y con casi todos los personajes más bien situados (lástima que por el camino hayan ejecutado a Britta convirtiéndola en un papagayo insulso) el futuro de Community ahora se ve mejor. Bien, en realidad se ve igual de mal porque las audiencias siguen flojas, pero si la NBC decide mantener la apuesta es porque no van a dar un giro de 180 grados en el último momento, así que tenemos ESTA Community hasta el final, en vez de tener un producto típico con el nombre de Community.

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El Síndrome del Diógenes Televisivo

“- Hola, me llamo Arnau y tengo un problema.”

“- Lo primero es admitirlo.”

Ya sabéis que en TeleDiscreta no solemos hablar en primera persona… pero hoy será distinto. Y es que hay una enfermedad que día a día afecta a más gente entre el ejército seriéfilo, a mi el primero. Se trata de un síndrome que provoca la incapacidad total para abandonar cualquier serie, aunque represente una tortura mayor que aguantar media hora de Resines rapeando. Es el que desde ahora (y sacado totalmente de la manga) se llamará: El Síndrome del Diógenes Televisivo (SDT).

Me estoy quitando

Hace años teníamos La 1 y punto. No había mucho para escoger. Después llegó el segundo canal y en unos años el proceso se aceleró y llegaron multitud de propuestas que se tenían que ver en directo. Mucho donde elegir, pero sólo una opción posible. Cuando llegaron el vídeo y, ahora, las opciones en streaming (legales) y algunas menos legales, se nos abrió la posibilidad de ver aún más productos y, sobre todo, no tener que elegir entre los que se emiten a la misma hora.

¡Qué bien! Pensamos muchos. Pero resulta que un gran poder conlleva una gran responsabilidad… o almenos cierto criterio para saber dejar atrás ñordos del tamaño de Prison Break última temporada. Y algunos, debido al SDT, tenemos una incapacidad crónica para quitarnos de series innecesarias, como si de una jeringuilla se tratase.

Lo peor de lo peor, señor

Si en Men in Black se elegía “lo mejor de lo mejor, señor, con honores señor”, podemos decir que todo enfermo de SDT tiene su lista de “lo peor de lo peor”. Se trata de series que, una de dos, o empezaron bien y se convirtieron en lejía para los ojos, o simplemente prometían algo que nunca dieron.

En mi caso (que espero que complementéis con vuestras experiencias en los comentarios), esta lista la ocupan principalmente los primeros productos, series que empezaron muy bien como Heroes o Prison Break y que fui incapaz de dejar, no sé si con la esperanza que terminaran mejor o si simplemente por adicción. En ambas, el final simplemente certificó que se han tirado por el water cosas mejores que estas series.

Otras piezas de esta lista podrían ser Falling Skies, TerraNova o, aún peor, The Event, aunque en las dos primeras se mezcla mi SDT con los gustos de mi mujer. En (pocos) casos el SDT tiene un elemento positivo: series que tienen un bajón, pero mejoran. Un par de ejemplos serían la primera mitad de temporada de Fringe o el tono familiar que mejora al final de Doctor Mateo o Chuck.

Pero no son las únicas, ni mucho menos. Un día empezé a ver una serie española que prometía mucho, no era el dramón habitual, ni la comedia tonta, sino un thriller con elementos oscuros y algo sobrenatural… lo sobrenatural es que fuese capaz de aguantar hasta el final de… El Internado! Increíble.

Por cierto, para los más entendidos y críticos: ¿Lost entraría dentro de estas series que se ven por hábito, pero resultan una tortura? Lo digo porque yo me levanté de madrugada para verlo en directo…

Criterio, criterio, criterio

Para los enfermos de SDT, que veo que seréis muchos (o al menos lo espero, para no sentirme tan solo) os diré que hay un antídoto: No empezar a ver ninguna serie que no pinte muy, muy bien. Así de simple… y así de imposible.

Para los que no tenemos criterio a la hora de dejar series, debemos tener criterio a la hora de elegirlas, de elegir a gente que sepamos que merecen ser leídos o escuchados a la hora de decantarnos por empezar o no con una producción televisiva. De esta manera podemos fallar, pero fallaremos menos.

Bueno, otra opción es no dejar de ver nada, pero puede significar convertirse en un hikikomori-televisivo-homeless… o ser directamente “el gordo de Megaupload”, que creo que no es el caso.

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‘Spartacus’ vuelve a la arena

Hace ya un tiempo que tenemos pendiente hablar de Spartacus, una serie muy distinta al resto, que no pasará a la historia por su valor artístico, pero que cuando está bien puede hacerte pasar una buena horita delante del televisor (o en lo que sea que veas tu las series…).

Presentar esta mezcla de Roma y 300 es sencillo: luchadores estilo cruasán pegándose, pechos y otras partes pudientes al aire y algo de intriga palaciega. Ah, y sangre, mucha sangre.

Con estos mimbres parece que lo que tenga que salir sea un bodrio inaguantable más de 10 minutos, pero la verdad es que ya en su primera temporada la serie llegó a un equilibrio muy potable en que la sangre y la lucha predominaban, el sexo acompañaba y, por encima de todo, esa pequeña porción de intrigas y traiciones estaba sólidamente usada para ir enlazando los momentos de acción.

El desequilibrio

Este punto de proporción entre sus -tan básicos- componentes nos dejó una muy buena primera temporada, que no engañaba a nadie, pero tampoco ofendía al espectador. Bueno, excepto por el componente morboso, sangriento y altamente sexual, que viene en el adn y no debe discutirse ya que es la esencia de la serie. El problema fue que para la segunda temporada los productores tuvieron que sacarse de la manga una precuela debido a la enfermedad del protagonista, Andy Whitfield, que tristimente terminó con su muerte.

En esa segunda temporada la balanza se desequilibró. Esa fórmula que funcionaba no se repitió igual, cargando la serie con mayor perversión (sexual sobre todo) y en algunos momentos fallando estrepitosamente en la reencarnación de los personajes de más jóvenes.

Volvió Spartacus a la arena y todo cambió

Esta tercera temporada (o segunda según como se mire) tampoco planteó un buen inicio. Pequeños cambios de actores (que comentaré brevemente más adelante) y un entorno distinto, ya que el ludus y la arena del circo quedaban atrás, pero el intento de mantener la esencia. El problema fue que no es posible. Sin un entorno limitado y una ‘competición oficial’ en las luchas, los primeros capitulos fueron gladiadores machacando romanos… y para eso me quedo con Astérix.

Lo que pasó es que en el quinto volvió la arena y todo cambió. Con ese entorno volvieron las batallas épicas, con rivales entrenados en la lucha y con esas coreografias magníficas que daban entidad a los mamporros. Ver otra vez gladiadores conocidos saltar y rodar delante de un público enfervorizado nos recordó lo mejor de esa sorprendente primera temporada. Y es que lo mejor de la serie siguen siendo sus coreografías y sus salidas de tono con espíritu gore.

Los hilos que aguantan la tela

Ahora que hemos visto que la tela sigue valiendo toca repasar si los hilos la pueden mantener bien tensada e interesante. En la primera temporada estos hilos, las intrigas y traiciones romanas, fueron la sorpresa más destacable y lo que elevó la serie a otro nivel. En la segunda temporada tardaron bastante en valer la pena y dieron más juego en los teóricos secundarios que en los protagonistas, un mal también algo presente en la primera etapa. Ahora que retomamos el argumento inicial cuesta ver si los giros de argumento tendrán tanto sentido como en los primeros capítulos.

Por el momento hemos sustituido la familia Batiatus por los Glaber y están dando un juego muy similar, los personajes empiezan a cubrir claramente los mismos roles que los antiguos secundarios y hasta el entorno se ha mantenido. Si somos optimistas todo puede ir solidificando y tensando aún más la tela, pero siendo pesimistas cuesta ver como se puede mantener el vínculo entre Glaber y los fugitivos, que, por cierto, no sabemos ni donde están ni como tardan tres días para pasar de un sitio a otro y una tarde para volver atrás.

Personalmente prefiero ver el vaso medio lleno, con unos productores que saben que funciona y que quizás se repiten como el ajo… pero yo es que soy fan del all-i-oli y Spartacus es así, repetitivo, fuerte, algo vulgar, pero a veces delicioso.

Por cierto, he prometido hablar del nuevo protagonista: no es Whitfield y no lo va a ser. Parece muy simplona la afirmación, pero no es gratuita. Tardó tiempo en convencernos el australiano que podía hacer algo más que mirar con ojos de pena y pegar con músculos de acero. En el caso de Liam McIntyre parece que ha empezado algo mejor en lo que a expresividad se refiere, pero tengo la sensación que le falta alma, ese punto torturado que clavaba Whitfield. Pese a eso me parece una sustitución más que correcta y deberíamos acostumbrarnos todos porque la realidad no va a cambiar.

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‘Smash’, el musical perfecto

Vaya por delante que el musical es un género especial, muy distinto al resto y que genera una gran fractura entre sus ‘amantes’ y sus ‘detractores’. Personalmente debo decir que soy un fan incondicional de la música en series y, por tanto, fan de los musicales… si están bien hechos.

Sí, todos sabéis porque lo digo. Hasta ahora el único musical que nos viene en mente es Glee que no es un musical serio de verdad y, lo peor, que no trata ni trabaja bien el aspecto musical. Partiendo de esta base, la de un producto que se inició con las miras más puestas en El Imperdible Parker Lewis que no en Chicago (para poner un ejemplo), debo decir que Smash no tiene nada que ver.

Seriedad y efectividad

Si algo tienen todos los musicales es que son efectivos: saben hacer llorar y emocionar con facilidad, puesto que la música (ese resorte emocional tan simple de accionar) siempre ‘viene a cuento’. Toda serie puede emocionarnos con un buen momento musical, ya sea en un drama como Sons of Anarchy o en un procedimental como House, para poner ejemplos de series con una banda sonora muy cuidada. Así que esta virtud ya se le supone. La diferencia principal está en los musicales que son algo más y los que sólo son canciones y emociones.

En el caso de Smash tiene algo más, es una serie de verdad. Sólo hacía falta ver el piloto para comprender que las mentes pensantes detrás de este producto de la NBC no tenían bastante con hacer ‘una serie con música’, sino que sabían que si iban más allá tendrían la ‘bomba’ que necesitaba la cadena.

El planteamiento inicial es sencillo: la elaboración de un nuevo musical de Broadway basado en Marilyn Monroe desde el punto de vista de distintos miembros, principalmente la(s) actriz(ces) principal(es) y los creadores. La virtud de este planteamiento es que dentro de su simplicidad abre muchas vías a explotar, así como muchos personajes a explorar (aunque algo arquetípicos, claro).

A partir de aquí ya hemos establecido el marco y la excusa para ir metiendo canciones. Sencillo pero bien justificado y, sobre todo, con posibilidades para ir profundizando a medida que se crea necesario. Esas son las virtudes de una serie que está predestinada a ser grande.

Realismo musical

Si de algo adolece Glee (con la que todos estamos emperrados en compararla) es de su poca fidelidad al mundo musical. Esos cantantes que se pasan toda la canción saltando, girando y hasta en cuclillas, estos músicos que aparecen de la nada, estas ropas que se cambian en segundos, ese cantante que toca la batería y de pronto aparece en el otro lado del escenario… los ejemplos son mil.

En Smash todo esto está más cuidado. No estamos hablando de ‘momentos musicales’ en los que todo el mundo se pone a cantar y a bailar en medio de la calle, sino de números musicales. Si que en más de una ocasión se convierten en pequeñas ensoñaciones, pero sólo como recurso para entender lo que será en un futuro esa obra de teatro o los sentimientos de los personajes. En ningún caso faltan al realismo musical.

Sin malos… por ahora

Si algo se puede echar en falta, por ahora, en la serie es algo más de confrontación, cosa que sorprende viendo que tiene dos protagonistas que luchan por el mismo papel. De momento todos tenemos claros cuál es ‘la buena’, pero ‘la otra’ no llega a ser ‘la mala’, puesto que no llega a caer mal.

El resto de equipo que vemos en pantalla está a un nivel altísimo, tanto en los momentos más dramáticos como en los apuntes cómicos (a veces pareces medio oler algo de Cuatro bodas y un funeral). Me cuesta destacar a alguien del equipo, ya sea por encima o por debajo de la media. Sólo rechina el hijo biológico de Debra Messing, pero es un papel muy menor. Quizás echo en falta algún momento de lucimiento para Angelica Houston, pero entiendo que por ahora aún no toca.

Para mi, un must see de esta temporada, el estreno más redondo dentro de los generalistas. Gustará seguro a los amantes de los musicales, pero por su fidelidad a la música y, también, su realismo, puede llegar a los que no son fans.

Apuesta de futuro

No es habitual en TeleDiscreta, pero me lo estoy haciendo encima: voy a deciros como creo que acabará la ‘batalla por ser protagonista’ (así que los más precavidos, dejad de leer y pasad directamente a comentar). Viendo que no hay mala y buena y que no van a ‘matar’ a ninguna de las dos porque dan ambas la talla, veo clarísimo que al final en el musical la figura de Marilyn se va a doblar: por un lado el papel de la chica tímida que llega a la ciudad queriendo ser alguien, una tierna Norma Jean encarnada por la morena, y por el otro la diva rota por dentro que quiere parecer lo que nunca ha sido, una voluptuosa y postiza Marilyn encarnada por la rubia. Para mi sería la apuesta segura y interesante a la vez.

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